EL LITORAL, Jueves 18 de Mayo de 1967

ALCALÁ DE HENARES

Hacia el nordeste y a poco más de treinta kilómetros, se encuentra una de las ciudades de más ilustre prosapia entre las numerosas poblaciones de España que ostentan en su larga historia diversos y señalados motivos de admiración y de reconocimiento dentro de los dominios de la cultura: Alcalá de Henares.

Los árabes, al llegar a este sitio donde unos siglos antes los romanos habían ocupado cierta antigua fortaleza de los visigodos próxima al río, dieron en llamarlo a éste Guad Alcalá que vale tanto como "río de la fortaleza", nombre que luego tomó la ciudad que los mismos moros construyeron en ese lugar.

El río Henares, de ordinario manso y tranquilo, durante las copiosas lluvias invernales suele desbordarse y antes de desaguar en el Jarana, que baja de la provincia de Guadalajara, llega con sus aguas hasta los arrabales del Sur de la ciudad; pero fue su vecindad la que dio a esta ciudad, de Alcalá una especie de apellido: Alcalá de Henares, para distinguirla así de otros topónimos que dentro del ámbito de la península española, llevan el mismo nombre, como las colinas de Alcalá y Alcalá de Chisvert, en Valencia; Alcalá, el pueblo de las riberas del Ebro en Aragón; Alcalá de los Gazules, hacia el sudeste de Cádiz; Alcalá de Guadaira, cerca de Sevilla, y Alcalá la Real, hacia el nordeste de Granada.

Hacia esta Alcalá de Henares me dirigí en un radiante día de la primavera que comenzaba a disipar las nieblas del ciclo ya teñir de verde las colinas donde pacen los rebaños de ovejas.

Voy con ese rumbo con la imaginación puesta en el destino y fin de mi viaje y en el recuerdo dedos hombres ilustres vinculados a Alcalá, tan intenso y vivo, que se me ocurre a veces que voy a su encuentro: Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita, y Cervantes.

Cervantes, más versado en desdichas que en versos según él lo afirma, nació en Alcalá de Henares en 1547 y es sabido que concibió y escribió los primeros capítulos de su libro entre las angustias y penurias de una siniestra y lóbrega cárcel de Sevilla. Pero las andanzas y desventuras de Don Quijote se desarrollan en lugares distantes de Alcalá; en cambio, lo que podríamos llamar la geografía de "El libro de buen amor" que en el siglo XIV escribiera Juan Ruiz, también sumido y atribulado en una mala prisión, abarca desde Alcalá hacia Segovia pasando la Sierra Nevada sin duda Navacerrada donde actualmente acuden los esquiadores de todo el mundo.

En Alcalá de Henares, según el erudito don Tomás Antonio Sánchez, fue donde el Arcipreste vio esa "apuesta dueña ser en un estrado", que cultivara su corazón, fácil siempre al embrujo de las "dueñas". En Hita, de donde era Arcipreste, admiró la fresca hermosura de doña Endrina que "con saetas de amor hiere cuando los sus ojos alza".

Y como… "siempre ha mala manera la sierra et la altura si nieva, o si yela, nunca da calentura", buscó el amor de la lumbre y de las serranas hombrunas y ariscas en la fragosidad de la sierra.

Acaso naciera en Alcalá.

No es esta una vana y pura fantasía. Su vieja Trotaconventos, astuta y ladina, al llevar un mensaje suyo a una mora joven y hermosa, la saluda en nombre de uno que es de Alcalá: "Fija, mucho vos saluda uno que es de Alcalá".

En este cavilar y discurrir iba sumido, cuando acerté a leer un letrero a la entrada de un pueblo; Torrejón.

- ¿ Cuándo llegamos a Alcalá?, pregunto a un español avellanado y seco que iba en el asiento vecino del ómnibus.

- Pues, mire usted, desde aquí ya le vemos, me contestó mientras señalaba hacia adelante en la misma dirección que llevábamos.

Miré y volví a preguntar:

- ¿Dónde?

- Al final de la carretera.

En ese instante sentí ímpetu de descender y regresar a Madrid. ¿En aquellos monobloques y en aquellas fábricas había quedado transformada la patria de Cervantes y del Arcipreste? Pero de pronto, después de una curva del camino, aparece ante mis ojos una de esas puertas características que se ven a la entrada de todos los pueblos y ciudades de España, al mismo tiempo que mi compañero de viaje ampliaba gentilmente su información:

- Ahora entramos a Alcalá por la Puerta de Madrid.

Y por ella entramos y enfilamos por una calle larga y tortuosa de muros blanqueados con cal, con portales de batientes tachonados con gruesos clavos de bronce; ventanas enrejadas a lo morisco; viejos y gibosos tejados que avanzaban el festón de sus aleros sobre la calle silenciosa y solitaria; algunos escudos nobiliarios, de piedra toscamente tallada, raída y desconchada por los años, de sabe Dios qué hidalgos desaparecidos o venidos a menos, mientras en el último plano de este paisaje urbano, como en una estampa antigua, se erguía la torre cuadrada y alta de una iglesia.

Fui así recorriendo los barrios donde en las mocedades de Cervantes se oiría aún música de albogues al compás de tamboriles y sonajas en las zambras moriscas que tanto habían regocijado al Arcipreste.

Unas parejas de cigüeñas tomaban sol en lo alto de la torre de la catedral, mientras otra tejía amorosamente el nido en la espadaña de una iglesia cercana.

A cierto vecino que acertó a pasar en ese momento le pregunté por la Universidad.

- Cuál?, me interrogó a su vez. ¿La nueva?

- Busco la vieja Universidad, le contesté. Porque la famosa Universidad que el cardenal Cisneros fundara y dotara en 1498, cerró sus puertas al trasladar los estudios en 1836 para fundar la Universidad Central de Madrid, después de haber sido un importante centro de cultura en España.

Con catorce mil ducados la dotó el cardenal Cisneros al fundarla, que rentas posteriores elevaron a cuarenta mil, con lo cual se subvencionaron cuarentidós cátedras, entre las cuales había cuatro de medicina, dos de anatomía y cirugía, una de matemáticas y catorce para el estudio de cuatro lenguas: latín, castellano, hebreo y griego; además de ocho cátedras de artes, una de filosofía moral y seis de ciencias canónicas y teología, respectivamente. Fue esta Universidad la primera en otorgar las borlas doctorales a una mujer en 1785 y a sus claustros llegó de Salamanca el ilustre andaluz Antonio de Nebrija, autor del "Arte de la lengua castellana", el más antiguo libro de filología; la más brillante personificación literaria de la España de los Reyes Católicos según Menéndez y Pelayo, y de cuyos conocimientos filológicos se valió Cisneros para la edición de su Biblia poliglota.

Para editar esta Biblia en castellano, latín, hebreo y griego, una de las obras famosas de todo el mundo, en la que colaboraron como hebraístas dos judíos, Cisneros utilizó una pequeña imprenta de Alcalá aunque otros opinan que fue una imprenta instalada en la misma Universidad. Sin embargo lo más probable es que fuera en la pequeña imprenta de Brocar, tal vez el padre o el mismo que imprimió en 1539 el libro que escribiera Lucio Marineo Sículo, que llegara a la península en 1484 llamado por el Almirante de Castilla don Fadrique Enriquez, y que como cronista de los reyes fue el autor de aquella obra famosa sobre "Las cosas memorables de España" en cuyo colofón consta que fue impresa "en la noble villa de Alcalá de Henares en casa de Juan Brocar".

Unos obreros terminaban la tarea diaria de restaurar el magnífico edificio de la vieja Universidad, donde campean el escudo imperial entre dos columnas de Hércules y dos reyes de armas; y el escudo de Cisneros, mientras en su fachada rematada por una serie de agujas góticas, se abre el gran portal encuadrado por columnas platerescas.

Llego, por fin, a la Plaza Mayor que lleva el nombre de Cervantes y cuya estatua se levanta en el centro; y en el momento que me acerco a ella, unos aviones de la base norteamericana de Torrejón denuncian su presencia en el cielo del atardecer con el zumbido de sus motores y la rúbrica blanca de la estela que dejan tras sí como un trazo de tiza en el encerado azul. Instintivamente mis ojos se detienen en la figura que señorea y preside el ambiente de aquella plaza desde lo alto de su pedestal. Ahí está Miguel de Cervantes y Saavedra, su espada al cinto, con la mano extendida hacia adelante exhibiendo la pluma de ave como un símbolo; y mientras los aviones de guerra cruzan el cielo donde vuelan tranquilas y orondas las cigüeñas, nos trae el recuerdo de aquel famoso "discurso de las armas y las letras" que pusiera en boca del héroe de la Mancha: "Bien hayan aquellos benditos siglos que carecieron de la espantable furia de aquestos endemoniados instrumentos de la artillería".


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